BUSCA

Arte, tecnología y ciudad: praxis artística, producción cultural y acceso ciudadano

compartilhe:


El triángulo propuesto como ámbito de estudio en esta tercera edición de Ciudades Creativas resulta enormemente motivador por lo que tiene de problemático. Si estudiamos los diferentes lados del triángulo, nos llevan a espacios simbólicos bien diferentes. Así, el lado ARTE-CIUDAD nos dirige hacia el ámbito de lo público, al espacio ciudad entendido como lugar de participación en las artes por parte de la ciudadanía: acceso del ciudadano a las propuestas artísticas, acceso del ciudadano a la producción artística, propuestas artísticas en espacios públicos, intervención institucional (municipal) en estas relaciones, etc. Por otra parte, el lado CIUDAD-TECNOLOGÍA, si bien aún en el espacio simbólico de lo público, nos remite de manera más directa a cuestiones relacionadas con la producción (producción de bienes y servicios mediante la tecnología) pero también con la participación: la tecnología, las ya no tan nuevas tecnologías de la información y de la comunicación al servicio de la participación ciudadana y el fortalecimiento de lazos de comunidad. Ese mismo lado ofrece también otra dimensión, relacionada con la CIUDAD como contenedor de empresas de TECNOLOGÍA. Finalmente, el lado ARTE-TECNOLOGÍA nos sitúa en el espacio de lo privado: la tecnología como insumo para la producción (y alteración) de arte y como elemento modificador de las pautas de consumo y recepción.

Así pues, la dimensión privada de este lado amenaza con desplazar al triángulo en su conjunto hacia un espacio privado: la tecnología como medio para una mejor/distinta/nueva/más barata/más eficiente/etc. producción de elementos artísticos y como medio también para una recepción más sencilla/barata/democrática/etc. por parte del individuo/ciudadano. Esta visión, quizás la más extendida, deja prácticamente de lado el tercer vértice, el vértice CIUDAD, reducido tan solo a un lugar de encuentro entre un almacén de voluntades individuales (utilidad y satisfacción individual) y otro almacén de ofertas artísticas, es decir, la CIUDAD entendida como MERCADO.

Sin embargo, y creo que éste es el objetivo de dedicar una larga sesión y el esfuerzo de participantes –algunos venidos del otro lado del Atlántico– analizar la dimensión pública de este triángulo supone un reto de carácter prioritario, ya que en buena medida el diseño de políticas culturales públicas, la legitimación de las mismas, las relaciones entre clústers tecnológicos y poderes públicos y la articulación de la ciudadanía en el paradigma tecnológico que le es propio dependen de cómo actuemos a corto plazo en este triángulo.

Tras décadas de políticas culturales administradas por instituciones democráticas, resulta obvio que uno de los grandes déficits es el de la participación cultural. Así, mientras que las políticas de oferta han modificado la estructura de producción artística en el conjunto del Estado español así como incrementado el parque de infraestructuras destinadas a usos culturales y artísticos, las políticas de demanda (participación de la ciudadanía, planes de desarrollo de audiencias) han brillado por su ausencia, y, si bien estuvieron presentes en el estadio de la animación socio-cultural de finales de los años 70 y comienzos de los 80 (democracia cultural) no continuaron su progreso en el salto hacia las políticas culturales tal y como las hemos entendido desde aquellas fechas hasta, al menos, el año 2008. La ausencia de políticas activas orientadas a la participación cultural resulta mucho más llamativa cuando analizamos la relación entre la ciudadanía y las disciplinas artísticas y culturales que, en buena medida por sus propias características, se desarrollan en el ámbito de lo público y no tanto del privado (mercado), con una muy fuerte financiación pública proveniente de los impuestos generados por el conjunto de la ciudadanía. Me estoy refiriendo, entre otros, a los indicadores de asistencia a conciertos de música clásica, que apenas experimentaron crecimiento entre 1990 y 2006/07 (se pasó del 6,4% de ciudadanos del conjunto del Estado español que acudían al menos una vez al año a este tipo de conciertos en 1990 al 8,4% en 2006/07, o a los correspondientes al teatro –13,5% en 1990 a 19,1% en 2006/07– o los aún cuasi marginales porcentajes correspondientes en 2006/07 a la asistencia a espectáculos de danza (5,1%) u ópera (2,7%) [1].

Resulta absolutamente prioritario poner el énfasis en políticas públicas orientadas al desarrollo de la demanda: democratización del acceso a la cultura. En la planificación de las políticas públicas orientadas a tal fin aparecen dos elementos básicos. En primer lugar, la ciudad, y no la Comunidad Autónoma o el Estado, como unidad básica de intervención. Lamentablemente, somos muchos los que hemos tenido que escuchar de fuentes con elevados grados de responsabilidad que si no se hace una política de demanda desde las altas administraciones es porque en realidad, no le suponen efectividad si no son desarrolladas por las administraciones locales. Por otro lado, la tecnología, que incide directamente tanto en los procesos de producción artística como de recepción y que está modificando el papel del ciudadano con respecto a la cultura. Conceptos como el de prosumer (producer+consumer) escalan rápidamente posiciones en la terminología de los gestores culturales y los sociólogos. Ahora bien, el reto consiste en elaborar políticas que, tanto para la recepción como para la producción artística, tengan en cuenta el elemento tecnológico en el entorno de la ciudad.

Ese reto, en cualquier caso, tiene lugar en un contexto institucional muy diferente al de los últimos tres lustros. Me refiero al contexto económico, que afecta de manera decidida a los presupuestos públicos destinados a la política cultural en el ámbito local y regional, con descensos en algunos casos de más del 50% acumulado en tan sólo dos años. En este contexto, acciones que pasan por la privatización de servicios culturales o, incluso, con la cesión de espacios y recursos de titularidad pública a colectivos ciudadanos en fórmulas de auto-gestión (véase el caso paradigmático del Centro Social Autogestionado Tabacalera, en Madrid, en las instalaciones del proyectado Centro Nacional de Artes Visuales del Ministerio de Cultura) pueden modificar tanto las dinámicas de participación como la propia dimensión del espacio público.

Además, iniciativas participativas, basadas muchas de ellas en el aprovechamiento de las nuevas tecnologías, inciden en la creciente importancia del amateurismo cultural, como proceso que vincula de manera activa al ciudadano con la praxis artística y su entorno local. Estas iniciativas, desarrolladas en numerosos media-labs, muchos de ellos por iniciativa municipal, basculan sobre la potencialidad de las nuevas tecnologías para incrementar la participación del ciudadano en la vida artística y social de su ciudad, bordeando además los peligrosos límites entre la hasta ahora prioritaria profesionalización del sector cultural con la iniciativa amateur que, en principio, no se constituye en una alternativa sino en un proceso complementario. Sin embargo, queda mucho trabajo por hacer en ese sentido. Desarrollar las potencialidades de las TICs para la praxis artística ciudadana debe ser uno de los objetivos que, también a corto plazo, se marquen las administraciones públicas. Ofrecer wi-fi gratuita en los parques para que los ciudadanos puedan enviar e-mails o consultar su blog favorito a la sombra de los almendros en flor y organizar portales en los que subir, por ejemplo, grabaciones de campo para realizar un proyecto de arte sonoro sobre la ciudad (Sound and the city, desarrollado por Yan Jun en varias ciudades chinas o, más cercano, el proyecto Metros cuadrados de sonido, realizado este mismo año por el Intermediae de Madrid sobre el barrio de Legazpi o algunas de las iniciativas de soundscape y visualscape en las que ha participado Agustín Serra) son opciones bien distintas. Lamentablemente, en estos primeros momentos, parece que priman acciones que de alguna manera convierten en privados lugares públicos a través de las TICs en vez de utilizar éstas como instrumentos para favorecer la participación ciudadana en los espacios públicos.

También las tecnologías han incidido, en lo que a materia cultural se refiere, en los procesos de prescripción. Como bien señala uno de los participantes de esta mesa, George Yúdice, “las nuevas tecnologías han hecho posible

[1] Datos de 1990: Equipamientos, prácticas y consumos culturales de los españoles. 1993; Datos de 2006/2007: Ministerio de Cultura. Encuesta de hábitos y prácticas culturales en España. 2007

Rubén Gutiérrez, Coordinador de Estudios e Investigación de la Fundación Autor

Fonte: Blog Ciudades Creativas - Fundación Kreanta

RBCM. Laboratório de Investigação do Espaço da Arquitetura. Departamento de Arquitetura e Urbanismo. Centro de Artes e Comunicação. UFPE . Recife — PE. (81) 2126.7362